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PRÓLOGO

Esta historia no está basada en un hecho real, pero podría estarlo.

La autora de este pequeño relato ha querido mostrar con realismo que cada participante de Agility tiene su propia historia; una historia que se hace presente en los momentos más relevantes de la competición.

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- ¡¡¡Holly!!! ¡¡¡Holly!!! – Gritó Sergio por el hueco de la escalerilla que subía a las gradas.
- ¡Voy! – Respondió Holly – ¡Vamos Toby!
- Te faltan 10 – Le informó el Capitán.
- Estoy nerviosa.
- Lo sé. Piensa en cómo has llegado hasta aquí, te ayudará. – Aconsejó con sinceridad Sergio.
- Uff, no sé si seré capaz…- Replicó Holly.
- Ven aquí – Le dijo el Capitán acercándose con los brazos abiertos.

- Estoy mejor, gracias, Sergio.
- Esta bien, pero inténtalo. Recordar tu historia te ayudará.

Bajaron a los pasillos subterráneos. Holly sentía pánico. Se sentó sobre la moqueta y abrazó a Toby…

Todo comenzó una lluviosa mañana de Abril. Había recogido a su hermano en su casa temprano. Ella y David estaban muy unidos desde pequeños, a ambos les encantaban los animales y siempre había discutido y pedido a sus padres, Samantha y Josep, por una mascota canina, aunque ellos se negaban una y otra vez.
Holly y David ya eran adultos, los dos vivían en sus respectivas casas. David se había casado a los 25 años con Julia, una chica de Alcoy, dos años menor que él, procedente de una familia más que acomodada y ya tenían dos hijos: Sam de 5 años y Verónica de 3. Los dos eran un manojo de nervios, aunque para Holly estaba claro el motivo, y es que Julia nunca le había caído especialmente bien. Era una niña rica, insolente, caprichosa e histérica que dramatizaba cualquier situación. El sentimiento de rechazo era mutuo; Julia se había puesto como una loca al enterarse de que David acompañaría a Holly para apoyarla el día que empezó su recuperación.

De camino al Restaurante dónde solían quedar para almorzar y charlar durante horas, Holly recordaba su infancia. Vivian en una casa a las afueras de San Vicente. La casa no era demasiado grande, pero poseía un jardín trasero suficientemente amplio como para albergar ocho pinos terriblemente altos y el taller donde Josep construía y reparaba los muebles de amigos  y vecindario.
A su padre siempre le había encantado la carpintería y el bricolaje, pero nunca se decidió a montar un negocio por su cuenta, conformándose con el trabajo como cartero. Con el tiempo, Holly empezó a interesarse por el simbolismo de las cartas; fue en su época adolescente estudiando B.U.P. La literatura siempre le había gustado, leía libros constantemente y tras leer y comentar en clase uno de ellos que hablaba de los mensajes secretos de amor enviados a diario a través de las cartas, no tardó en darle a su padre una charla filosófica sobre la importancia de la figura del cartero, “pues éste – decía emocionada – es el mensajero del amor, del sentimiento, de la añoranza y de los más oscuros secretos del ser humano”. Josep aguantó la risa al oír aquello, pues hacía tiempo que eso había desaparecido, si es que alguna vez existió; hoy ya solo se mandan facturas y recibos, lo demás se envía por el móvil y el correo electrónico, si es que se envía. “Hoy ya nadie oculta nada que no sea algún chanchullo económico, - pensaba Josep – hoy  no hay amores secretos, ya nadie necesita esconderse”. David, sin embargo, se quedaba anonadado al oír las charlas de Holly sobre el amor, la esperanza, los carteros y cualquier cosa que apareciera en algunos de sus libros. Juntos soñaban una vida con sus deseos hechos realidad.

 

Holly detuvo el coche casi a la puerta del Restaurante, estaba practicamente vacío. “Los días de lluvia no suele salir la gente”- pensó.

- David, por favor, adelántate y coge una mesa, yo voy enseguida. – pidió Holly a su hermano.
- Vale, ¡Voy para allá! Pero… ¿estás bien hermanita? – se preocupó él.
- Sí, sí. Ahora entro, sólo necesito un minuto para tranquilizarme.
- Bueno pero no hagas que salga por ti – dijo David guiñando un ojo a su hermana mientras cerraba la puerta del coche.

Holly estaba nerviosa, le hacía verdadera ilusión recoger por fin su cachorro. Hacía mucho tiempo que no se sentía emocionada y alegre como esa mañana. Desde que Juan había muerto se había hundido en una terrible depresión. Juan había sido su novio dos años, se conocieron en el último curso del instituto. Para Holly no sólo significó el final del amor de su vida, sino su vida propia. Todo era perfecto: Holly había encontrado trabajo como oficinista en una empresa dedicada a la impresión de periódicos y Juan repartía paquetería en toda la provincia de Alicante. Los dos habían hablado mil veces de cómo sería su vida después de casarse, reían al reflexionar sobre “la vida en pecado” que compartían desde hacía seis meses y se entusiasmaban con la idea de tener un perro. Lo que tanto habían deseado desde niños por fin se podía hacer realidad.

Holly se limpió las lágrimas, sorbió y se miró en el espejo de cortesía del coche.
- Juan, aunque no puedas verlo, voy a recoger a nuestro sueño hecho realidad, voy a por nuestro Toby – dijo Holly en voz alta sabiendo que Juan podría oírla – esto es por ti, Juan. Esto es por mí, amor.

Holly se hinchó de aire y salió del coche dispuesta a reunirse con David.

- ¡Vaya!, has tardado. Me he tomado la libertad de pedirte un zumo de naranja y una tostada con mantequilla y mermelada de fresa como a ti te gusta – dijo David mientras señalaba su almuerzo ya en la mesa.
- ¡Oh!, gracias David, eres mi hermanito preferido – contestó con sinceridad Holly.
- ¡No seas pelota!, ¡soy tu único hermano!
- Lo sé, tonto. Pero sabes que es verdad.

Los ojos de David miraron por un instante a través del cristal del Restaurante en dirección a la calle sin esperar ver nada. Cuando se volvieron hacia Holly brillaban con tristeza.

- Holly, - dijo con ternura - ¿estás bien? Quiero decir que si de verdad quieres hacer esto… Holly hemos estado hablando en casa y… no coincidimos en que sea una buena idea. Sé que era el sueño de Juan… Sé que significaba mucho para los dos, pero quiero decirte que no tienes porque hacerlo si no quieres…
- David, - lo interrumpió Holly – lo sé. Pero has de saber que también lo hago por mí. Ya sé que Juan no volverá, pero esto fue lo último que hicimos juntos. Este cachorro es el último plan de los dos. Quiero hacerlo y sé que Toby no me devolverá a mi Juan. Pero David, este es nuestro último sueño. Además estoy segura de que me ayudará.
- ¿Qué quieres decir con eso? – se sorprendió David – sabes que tienes a mucha gente a tu alrededor que te ayuda y quiere hacerlo a diario.
- Sí, y os lo agradezco, David. Pero la soledad que siento es demasiado grande. Estoy todo el día de aquí para allá, todos estáis encima de mí, os preocupáis. Gracias. Pero cuando llego a casa… sólo hay vacio, David. Debéis entenderlo, sé que Toby llenará mi cabeza y mi casa. Lo hago por Juan y también por mí.

A holly le rodó una lágrima tras otra mientras se explicaba. David la observó durante unos segundos y luego se levantó y se sentó a su lado. La abrazó como lo había hecho tres meses antes en el entierro de Juan. La abrazó fuerte.

 

Alberto, el criador de Toby, repetía una y otra vez cada uno de los pasos que Holly debería seguir en su casa con su cachorro cada día.
Aquellos seres que en un primer momento le habían parecido tan indefensos, comenzaron a comportarse como verdaderas fierecillas. Se mordían unos a otros sin reparo y no dejaban de abalanzarse sobre su madre que, con mirada de satisfacción y resignación al tiempo, aguantaba paciente y se apuraba en los cuidados de higiene constantemente. “Son todos iguales – pensó - ¿cómo voy a elegir uno?” Holly miró a David que reía como un niño mientras decía “¡éste, Holly, coge éste!... ¡No!, ¡mejor este otro!”
Allí estaban, cinco preciosos, iguales y malísimos cachorros de Border Collie.
Holly estaba perpleja, sin poder escuchar las palabras de Alberto, emocionada y triste, muy triste. Juan debía haber estado allí, el destino había sido injusto con ellos; injusto y cruel. Sin Juan la elección sería mucho más difícil. Él siempre se salía con la suya y Holly echaba de menos el ímpetu y la decisión de Juan.
De pronto se percató de que unos de los pequeños perrillos estaba felizmente entretenido olisqueando sus zapatillas de deporte. Hasta entonces no había reparado en que éste era distinto a sus hermanos. Tenía una mancha blanca en una de sus orejas.

- ¡David! ¡Escúchame! – gritó a su hermano – ya sé cual es Toby – dijo Holly con su cachorro en brazos.
- ¡Oh! Es precioso, Holly – respondió David.
- ¡Y borde! – apuntó Alberto – ha elegido el cachorro con más carácter de la camada. Estoy seguro de que le hará muy feliz, y recuerde…- y continuó explicando de nuevo todos y cada uno de los pasos a seguir, las necesidades que cubrir, los paseos que dar, las formas y trucos para educarle, la comida, el ejercicio…

Desde ese momento, Holly cambió sus hábitos, su actitud y sus ocupaciones. Desde que Juan se había ido, ella se limitaba a deambular por la casa a oscuras hasta bien entrada la madrugada, se compadecía de sí misma constantemente, culpaba al destino, a Dios y al mundo entero por su pérdida y pasaba los días atormentándose con preguntas estúpidas sin respuesta como por qué Juan se había muerto antes de que la ambulancia llegara sin poder darle a alguien un último mensaje para ella. Ahora Toby se había convertido en ese mensaje de amor de Juan. A los pocos meses se decidió a salir de su monótona y triste vida para comenzar junto a Toby una aventura llamada Agility…

 

 

- Now, number 686!!! Toby with Holly Pérez from Spain!!!
- ¡¡¡Dorsal 686!!! ¡¡¡Toby con Holly Pérez de España!!!- tradujo otra voz por la misma megafonía.

A Holly le temblaron las piernas y se le detuvo por un momento la respiración. Alzó la vista y vio miles de personas en las gradas. Sintió miedo, alegría, emoción y de nuevo miedo. Miró la zona española: banderas en alto moviéndose al unísono, voces vitoreando su nombre junto al de España.
“Juan, me haces mucha falta hoy”- pidió en voz baja. Toby ladró dos veces mirándola y Holly respiró hondo con una sonrisa en su boca. Juan estaba allí.
Holly y Toby habían conseguido llegar a lo más alto: el Campeonato del Mundo de Agility. Juan siempre había estado a su lado. Juntos lo habían logrado.
Y a partir de ese momento Holly saldría adelante sin olvidar sus recuerdos.

Holly dio tres pasos adelante, se detuvo en la salida y miró a Toby. Le quitó el collar. El Valor, la alegría, la emoción y el miedo desaparecieron. El estadio se silenció.

- ¡¡¡Piiiiiiiiiiiittt!!! – chifló el Juez.

- ¡¡Toby, hop!! – gritó Holly y el publico español aguantó la respiración…

 

Dedicado a todos aquellos que alcanzan su meta sin olvidar
la historia que les ha llevado hasta ella.

Ana Beltrán

 

 

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