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REVISTA
LA HISTORIA DE UN MILAGRO


Llevant

El día 14 de diciembre de 2003 (domingo) el mundo del Agility se oscureció al recibir la triste noticia: un gran compañero, José Luís Molina, junto con sus caniches Otto y Llevant, habían perdido la vida el día anterior en un accidente de tráfico cuando se dirigían hacia Alicante para participar en una competición… Su mujer, Maribel, y su hija, Laura, permanecían graves en el Hospital General de Albacete y el cachorro de Border Collie estaba ileso en casa. Esa fue la primera noticia, a partir de ese instante el teléfono no dejó de sonar…
A la mañana siguiente (lunes 15) marchamos a Albacete. Al llegar Miguel Ángel, hijo de José Luís, nos explicó que no sabía dónde habían llevado los cuerpos de Otto y Llevi… Tras ver a Maribel y Laura, regresamos a casa. Esa era mi segunda noche de trabajo semanal, hasta las seis de la madrugada como siempre.
A las 9:00 horas del martes iniciamos el primer viaje en busca de los perros. En el coche viajábamos mi madre, Ana Bustamante, y yo. El destino: lugar del accidente; las pistas: cero. Al llegar llamé al servicio de emergencia 112, quienes me pusieron en contacto con la Guardia Civil de Las Pedroñeras, los encargados de realizar el informe del accidente. Tras varias conversaciones con ellos, el servicio de limpieza de carreteras y algunos testigos del choque, los indicios eran claros: podían estar vivos… A partir de este momento comenzó la incansable búsqueda…
Ocho días casi sin dormir, sin comer, aprovechando cada segundo de luz solar, peinando cada camino, piedra, casa de la zona. Decenas de personas movilizadas: Guardia Civil (Atestados, Seprona y Tráfico), vecinos…
El miércoles ya contábamos con testimonios de gente que aseguraba haber visto a Llevant con vida, pero a la vez la ilusión y la esperanza se truncó al escuchar la versión de uno de los Guardia Civiles de Tráfico de las Pedroñeras que fue testigo del despliegue de medios humanos tras el mortal accidente…, contaba que pudo divisar dentro del coche un bonito perro de peluche blanco y que cuando pudo acceder a él, aprovechando el camino que los bomberos habían abierto a los servicios médicos para poder sacar a Maribel, se dio cuenta de que -era real, era un perro precioso- y repite –parecía de peluche, mantenía un blanco perfecto-. Tras comprobar que había perdido la vida, el agente lo entrega a los servicios de limpieza. Ahora nos tocaba averiguar qué se había hecho con el cuerpo…

Sabéis, esta experiencia me ha hecho dudar de creencias que defendía firmemente. Sin tiempo para pensar en otra cosa, ni tan siquiera para llorar la muerte de unos grandes competidores y compañeros… Hoy reflexiono, entonces sólo podía actuar, porque ni mi madre ni yo podíamos soportar la idea de abandonar a Llevant…

La noche del miércoles fue especialmente dura: ya eran cinco días desde el TERRIBLE ACCIDENTE (y lo escribo en mayúsculas porque nadie se puede imaginar lo que duele tener que escuchar cada detalle para poder obtener pistas del paradero de Llevi), cinco días sólo, frío, hambriento y sediento, y con un trauma tan horrible que ni tan siquiera estoy segura de que esta palabra pueda aproximarse.
Ahora sé que fue esto lo que nos hizo seguir…
A la mañana siguiente, temprano, volvimos a buscar. Después de muchas conversaciones con la empresa de limpieza, encontramos a Otto, aún más blanco de lo que el Guardia nos había contado, enterrado en la cuneta del lugar del accidente. Lo envolvimos con una de las bufandas que mi madre hizo para el mundial de Dormunt que llevábamos en el coche y lo embalamos para poderlo llevar a un lugar más digno… Era jueves 18, mi cumpleaños, tuve la estúpida sensación de que también encontraríamos a Llevant… Pero las horas pasaban tan rápidas, parecía que todo estaba en contra. Se agotaba el día como si no estuviera escrito encontrarlo… Ya empezábamos a fracasar de nuevo, esa era la sensación: fracaso. Ese día aprendí lo que se siente al fracasar…
La noche ganaba el día y decidimos quedarnos a dormir en un hostal a 800 metros de la zona que habíamos peinado cien veces mi madre, el Seprona y yo; tan sólo los agentes habían tenido la suerte de verlo correr. Estaba claro que Llevant huía de todo, pero ¿también de nosotras?
Al día siguiente, reanudamos la búsqueda pronto. Con el cuerpo de Otto en el coche y mucha ilusión de acabar bien la pesadilla volvimos a recorrer, a veces a pie, a veces en coche, separadas o juntas, camino tras camino, casa tras casa… hora y hora, mirando en cada posible refugio, dentro de balsas, caminando las interminables siembras y emparrados de La Mancha… Con un frío arrasador y cegadas por la niebla, y pensando una y otra vez que esa fría, húmeda, vacía y espesa niebla era la misma que se llevó a José Luís y a Otto para siempre…
No sé cuánto tiempo después, ya de noche, regresábamos a casa con Otto. Silencio entre mi madre y yo, no podía ni llorar. De pronto ella empezó a hablar, explicaba por qué hacíamos esto, no había tiempo para nada, sólo para pensar en Llevi, nadie estaba peor que él… Y comprendí que quizá debía pedir ayuda a Dios o a Otto o a José Luís o a los tres… eso se llama esperanza. Volveríamos día tras día...
El sábado, Mario (Klein) y su madre Pilar se unieron… Mi madre me repetía que lo llevaríamos a Murcia (donde había prueba ese fin de semana) para que todo el mundo tocara el héroe, como si estuviera segura de encontrarlo ese día… pero el sol corría más que nunca y solo teníamos el testimonio de la gente y un vacío que llegaba hasta el horizonte, nada más. Y otra noche más al trabajo, sin dormir, sin descansar, sin poder llorar y perder… porque Llevant tendría frío y hambre y sed y se sentiría más sólo que nadie en el mundo y tendría miedo… y yo hablaba sóla con José Luís y le rogaba ayuda y reunía fuerzas para seguir a la mañana siguiente…
A las seis terminé mi turno, minutos después marchábamos para el kilómetro 186 de la carretera 301 como cada día, pero esta vez teníamos más gente, Esther, Carolina, Beli y María…Pero de nuevo ese día parecía no tener nada de especial, los mismos caminos, las mismas piedras que parecían ser él, las mismas casas,… Amplié la zona en todas direcciones, preguntando a todo el mundo, mostrando una y otra vez la foto que nos regalaron José Luís, Laura y Maribel en donde OTTO y LLEVANT parecen de peluche, y contando mil veces la misma historia que espero nadie vuelva a vivir…
De nuevo regresamos con nada.
Pero esa noche ocurrió algo esperanzador: a las once y media sonó mi teléfono móvil; al parecer lo tienen localizado en un restaurante llamado “La Esperanza”. Sin dudar llamé a mi madre y en menos de dos horas la desilusión se volvía a reflejar en nuestros ojos: no era él. Ya eran más de las dos de la madrugada y nos quedamos a dormir en el mismo hostal de la otra vez.
No podíamos dormir, como cada noche. Hoy puedo asegurar que esa noche sí fue especial… Nos invadía una sensación de seguridad, era una señal. Esa noche mis dudas se desvanecieron, ya no había cansancio, ni hambre ni fracaso…
Lunes de mañana, ya sale el sol por el mismo horizonte de cada día. De nuevo horas y horas recorriendo los mismos caminos, siembras y viñas emparradas (trampa mortal para los animales). Mi madre al volante y yo con ojos hinchados de tanto mirar y mirar nada…
De pronto el coche se detiene y mi madre pregunta -¿qué es aquello que se mueve?-. Allá, muy lejos, al final de una gigantesca siembra y justo delante del sol, una pequeña figura camina solitaria y errante: ¡es Llevant! Oh sí, era él. Bajé del coche y grité muy fuerte: ¡¡Llevi, vamos a casa!! Él se detuvo, pude ver como nos miraba, y, de repente, empezó a correr; huía de nosotras, estaba demasiado asustado como para conocernos… Corrí detrás de él, no podía perderlo. Mi madre intentó rodearlo con el coche, pero fue imposible, era rápido como el viento. Sin tiempo que perder cogí mi móvil y llamé, al otro lado respondió Miguel Ángel, el guarda de caza… Al instante ya estaba allí junto con un policía local. Pasó sin detenerse por mi lado mientras yo le indicaba la dirección que Llevant había tomado. Mi móvil sonó, era Nicolás Garrido, colgué. Volvió a sonar, era mi hermana María, colgué. Sonó de nuevo y esta vez era el guarda que gritaba: ¡no te muevas, va hacia ti!... Mi madre paró a mi lado y entonces le vimos de nuevo; tan veloz como una liebre más de la zona. Mi madre salió corriendo tras él, yo cogí el coche y conduje como nunca… A lo lejos el guarda y el policía lo seguían con el todo terreno. A los pocos pero interminables minutos Llevi salió de la siembra, cruzó un camino y se metió en una de las tantas viñas; gracias a Dios no estaba emparrada, de ser así lo hubiéramos perdido. Cuando por fin pude saltar el ribazo de la siembra y caer en el camino, el todo terreno, ya al otro lado de la viña, casi podía rozarlo. Mientras, mi madre, que corría casi más que yo con el coche, intentaba cerrarle el paso, y desesperada gritaba a un señor que tranquilamente podaba la viña que nos ayudara…Y el hombre, sin pensar, se lanzó cortando la huída de Llevant. Ya rodeado, Llevi se dejó coger por el policía, quien se lo entregó a mi madre… Y yo, que aguardaba en el coche por si reanudaba la carrera, corrí con piernas temblorosas, con lágrimas en los ojos y repitiendo una y otra vez: ¡¡gracias José Luís!!
Al final dos coches, cinco personas y casi dos horas de persecución… y siete días de desesperada búsqueda y las desilusiones y los fracasos y la esperanza y las lágrimas contenidas y el dolor y tantas cosas que no se pueden explicar con palabras, todo había valido la pena…
Marchamos hacia el Hospital para ver a Maribel y Laura, desde el lunes 15 no las habíamos visto… Aunque no pude subir a la habitación sentí su abrazo, os lo aseguro. Laura salió a una de las terrazas de la quinta planta y llamó una y otra vez a su Llevi; fue en ese instante cuando Llevant comenzó su recuperación…
Luego al veterinario, quien lo llamó “campeón”… Él es el héroe de esta historia: él es Llevant.

Quiero disculparme por todas las cosas que no he podido contar…

Y quiero agradecer a todas las personas que de una forma u otra hicieron posible que recuperáramos a Otto y a Llevant:

Gracias a la Guardia Civil de San Clemente y sus patrullas, al Seprona; gracias a la Guardia Civil de Las Pedroñeras, Tráfico y Atestados; a la “Despensa Manchega: a Miguel Ángel (guarda de caza), su hermano Julián y el policía local; a todos los podadores, en especial al señor que nos ayudó con Llevi y al rumano que le dio jamón; a la gente de las casas de campo; a todos GRACIAS POR SER TAN HUMANOS.

Gracias al camionero que recogió de la cuneta a -------- (el cachorro) y perdió la tarde del sábado buscando familiares de José Luís para entregarlo.

Gracias a Mario, Pilar, Carolina, Esther, María y Beli por su apoyo en el lugar.
Gracias a mi padre Emilio y a mi hermano Remigio por su ayuda desde casa.
Gracias a mis compañeros de trabajo que soportaron mi presión cada noche.
Gracias a Nicolás Garrido y a todos los que día a día os interesábais.
Gracias a Miguel Ángel (hijo de Maribel y José Luís) por creer en nosotras.
Sobre todo gracias a Maribel y a Laura por poneros bien y por abrazarnos a mi madre y a mí.
Gracias también OTTO por acompañar a Llevant en su terrible viaje y gracias JOSÉ LUÍS por indicarnos el camino.
Y lo más importante, gracias Llevi por ser tan fuerte…


Quiero hacer un llamamiento a los servicios de emergencia 112, a la Guardia Civil, a los servicios médicos, a los bomberos y a los servicios de limpieza de carreteras para que eviten en la medida de lo posible posibles nuevas situaciones de pérdida de nuestro animal de compañía en caso de accidente, y les ruego que nos ayuden a pedir normativas de emergencia que incluyan a nuestros inocentes compañeros de viajes. Así como a todas las personas que viajen con mascotas para que lleven visible un teléfono de contacto y de esta forma, facilitar la recogida y atención de los animales.


Ana Beltrán


Jose Luis Molina con Otto

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Publicado en: 2004-01-13 (771 Lecturas)

 
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